Vista exterior
El proyecto nace de un encargo concreto: Diana quería dejar de pagar arriendo y tener su propio espacio, algo pequeño y económico, "una especie de tiny house". Su madre le regala un terreno contiguo a la vivienda familiar, en el Monte Auqui —una zona cercana a la ciudad de Quito, pero que por su altura y su carácter aún se vive casi como campo.
La economía del proyecto se resuelve, ante todo, desde el tamaño: una vivienda compacta organizada alrededor de un núcleo central de servicios que concentra el baño, la escalera y la zona de lavado. Este núcleo no es solo un espacio técnico, sino el elemento que ordena y separa el programa: alrededor de él se despliegan cuatro áreas, cada una con su propia intimidad y su propia relación con el exterior.
La casa se resuelve en dos plataformas que responden directamente a la topografía. En la plataforma más baja se ubican las áreas sociales: un pórtico cubierto exterior y un espacio único que integra cocina, sala y comedor. En la plataforma superior se ubican las áreas más privadas: un dormitorio y un estudio. Esta sección en dos niveles no solo organiza el programa según su grado de privacidad, sino que responde a un terreno con una pendiente aproximada del 30%, condición que vuelve el proyecto técnicamente exigente y determina buena parte de sus decisiones constructivas —muros de contención, canales para la conducción de aguas y un pozo séptico propio, dada la ubicación semirrural del terreno.
En cuanto a materialidad, la vivienda busca equilibrar economía y calidad, priorizando materiales naturales como la madera y el ladrillo, que aportan calidez y durabilidad. A la par, se incorpora hormigón y una techumbre de paneles de PVC, en busca de facilidad constructiva y control de costos. El resultado es una vivienda que no esconde su condición económica, sino que la convierte en estrategia: menos área, mejor organizada, y una relación directa con la pendiente y el paisaje del Auqui.